Introducción: Más allá de las apariencias

Hemos venido criticando en diferentes artículos algunos aspectos vinculados al Trastorno del Espectro del Autismo (TEA) debido a que consideramos que, conforme se han ido modificando los criterios, eliminado cuadros clínicos o bien la excesiva reducción que para nuestro modo de ver existe en la actualidad, ha ido existiendo una excesiva heterogeneidad conllevando a un pérdida de validez en la clínica del día a día (algo muy parecido que ocurre con el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). 

Un pensamiento que nos encontramos con frecuencia por parte de familiares y profesionales es la creencia de que el niño que tiene interés social no tiene TEA, lo que conlleva a un problema enorme puesto que la concepción del interés a una conducta o no, puede conllevarnos a una malinterpretación de lo que hay detrás verdaderamente del concepto “falta de interés”. Por ello, desgranaremos en una serie de artículos este concepto que consideramos fundamental para su correcto entendimiento. 

Quizás, una pregunta interesante que podríamos hacernos es si las personas con autismo procesan las recompensas sociales de manera biológicamente diferente a la población neurotípica. Esta interrogante técnica es el eje de la Teoría de la Motivación Social (TMS), la cual propone que el TEA se caracteriza por una reducción en el valor de recompensa de los estímulos sociales. Recientemente, un metaanálisis exhaustivo realizado por Hedger, Dubey y Chakrabarti (2020), que integró datos de 6,140 participantes (5,195 en estudios de orientación y 945 en estudios de búsqueda), ha permitido someter esta teoría a un escrutinio cuantitativo riguroso. Según los criterios del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (APA, 2013), el TEA se define por deficiencias persistentes en la comunicación e interacción social, manifestadas en dificultades para iniciar o responder a interacciones, déficits en conductas no verbales y retos en el mantenimiento de relaciones. Este análisis busca determinar si tales manifestaciones conductuales derivan de una alteración en la capacidad del sistema de recompensa ante estímulos sociales.

La diferencia crítica entre «orientar» y «buscar»

Una distinción fundamental establecida por el estudio es la separación entre la orientación y la búsqueda sociales. La orientación se define como la medida en que los estímulos sociales son priorizados por el sistema atencional visual (selección de entrada), mientras que la búsqueda se refiere al esfuerzo conductual explícito y la activación psicomotora realizada para obtener dichos estímulos (fase de anticipación). El metaanálisis revela una discrepancia significativa en la robustez de estas conductas:

  • La orientación social muestra una reducción clara y consistente en el TEA, con un tamaño del efecto mediano. Un ejemplo que puede resultar interesante es imaginar que llegas con tu hijo a una sala de espera o a una fiesta infantil. Un niño neurotípico tiene un «radar» que prioriza instintivamente la información humana: lo primero que mirará será la cara de los otros niños, quién está hablando o qué gestos hacen. Un niño autista con baja orientación social puede que su mirada sea capturada de inmediato por cómo giran las aspas del ventilador del techo, el mecanismo de la puerta al abrirse o el patrón de colores de la alfombra. Su cerebro visual simplemente prioriza estímulos diferentes a los rostros humanos. 
  • La búsqueda social presenta una evidencia de reducción mucho más débil y limitada a condiciones experimentales específicas, con un tamaño del efecto pequeño. Aquí, podemos imaginar que estás haciendo cosquillas a tu hijo o jugando al «cucú-tras» y de repente paras. Si el niño te busca las manos, te tira del brazo, hace ruiditos o se ríe esperando a que sigas, está haciendo una búsqueda social. Está invirtiendo un esfuerzo físico y conductual explícito para que esa interacción placentera continúe. 

Esta diferenciación es crucial para entender el fenotipo del autismo, ya que indica que la priorización atencional visual está notablemente alterada, mientras que la disposición a trabajar para obtener una recompensa social no muestra una disminución uniforme o tan marcada como se teorizaba originalmente.

El factor decisivo de la interacción humana. 

Obviamente, lo anteriormente señalado no significa que durante la dinámica del comportamiento puedan existir otras dificultades, cómo el ser capaz de leer la mente de otros para saber sus intenciones o bien, enterarme de los mensajes que hay detrás de lo que verdaderamente me están diciendo. Ambos aspectos podrían incluso llegar a generar conductas de evitación debido a la falta de control o elevada incertidumbre (aspecto que veremos en otro artículo). 

Por ello, y dentro del objetivo de este análisis, podemos observar que el predictor más fuerte de las diferencias de grupo es el «contenido interactivo» de los estímulos. Los datos indican que las diferencias en la atención social no son un rasgo estático, sino que dependen estrechamente de la naturaleza del estímulo. La disparidad entre los grupos se amplifica significativamente cuando el estímulo muestra a personas interactuando entre sí, en lugar de personas aisladas. Este fenómeno se explica mediante la carga cognitiva que implica la monitorización de múltiples agentes. La complejidad no radica únicamente en el número de individuos, sino en las dinámicas relacionales y la necesidad de procesar la interacción dinámica entre agentes en relación con su contexto. Esto sugiere que el sistema atencional en el TEA es especialmente sensible a la complejidad de las situaciones sociales dinámicas por lo que «la reducción de la atención social en el TEA es altamente dependiente del contexto».

Estabilidad a través de la vida.

Los hallazgos indican que las diferencias en la orientación social permanecen estables a través de las diferentes etapas de la vida y son independientes del sexo de los participantes. Esto sugiere que la alteración en la priorización de estímulos sociales es una característica constitutiva que se establece de forma temprana en el desarrollo. 

Sin embargo, y a pesar de que la presencia es relativamente estable a lo largo del desarrollo, manteniéndose consistentes desde la infancia hacia la adolescencia y la adultez, los autores hacen varias advertencias críticas sobre cómo interpretar esta relación hacia la edad adulta:

  • Diferencia en el origen del comportamiento: aunque la conducta parezca similar, los procesos psicológicos subyacentes podrían cambiar con la edad. En los niños pequeños, la falta de orientación social representa déficits que apenas están emergiendo, pero en los adultos, estos mismos comportamientos representan los efectos acumulativos de una vida entera de experiencias sociales atípicas.
  • El impacto del entorno a lo largo del tiempo: existe la hipótesis de que las experiencias a lo largo del desarrollo moldean la motivación. Por ejemplo, la exposición repetida a retroalimentación negativa o interacciones fallidas durante la niñez puede hacer que, al llegar a la adolescencia o adultez, la persona reduzca el valor percibido de las interacciones sociales o desarrolle un rechazo activo para evitar la amenaza o el estrés que le generan. En este punto incluso podríamos ver un refuerzo para conductas de interés alejadas de ambientes sociales como puede ser los videojuegos (que trataremos en otro tema). 
  • Falta de datos precisos en adultos: La mayoría de la evidencia actual está sesgada hacia muestras infantiles y adolescentes, con una notable subrepresentación de adultos. Además, en los estudios que sí incluyen adultos, los datos a menudo se promedian agrupando personas de rangos de edad muy amplios, lo que limita la precisión para ver cómo evoluciona exactamente esta motivación mes a mes o año a año.

Por todo ello, los estudios recalcan la necesidad urgente de realizar estudios longitudinales (seguir a las mismas personas desde sus primeros años hasta su vida adulta) para comprender verdaderamente si estas diferencias en la motivación causan otros problemas clínicos más adelante, o cómo el entorno vital influye en el deseo de la persona autista por interactuar.

Con respecto al sexo, los autores señalan hallazgos muy interesantes, pero al mismo tiempo ponen sobre la mesa un problema grave en la investigación y el diagnóstico del autismo en mujeres (que ya hemos comentado en anteriores artículos).

  • Orientación social (El «radar» atencional automático): estadísticamente, no se encontraron diferencias significativas entre hombres y mujeres; la reducción en la atención visual parecía estable sin importar el sexo. Sin embargo, los científicos advierten que este resultado es engañoso: las mujeres están drásticamente subrepresentadas en estas investigaciones (en los estudios analizados, se reclutaron en promedio 6 varones por cada mujer). 
  • Búsqueda social (El esfuerzo conductual): en las tareas que medían el esfuerzo activo por conseguir una recompensa social, sí se detectó una influencia del sexo. Los grupos de estudio que contaban con una mayor proporción de niñas/mujeres mostraron diferencias más grandes (mayores déficits) frente a los neurotípicos. Los investigadores sugieren que esto podría estar influenciado por normas culturales: en la sociedad, los rasgos de «reserva social» o timidez suelen ser más tolerados y pasan más desapercibidos en las niñas que en los niños. No obstante, piden interpretar esto con cautela debido a la falta de poder estadístico en estos análisis específicos.

Entonces… ¿hay una falta de deseabilidad o un sesgo social atípico?

La evidencia disponible apoya más la hipótesis de menor ponderación/recompensa de la información social (y/o mayor valor aprendido de estímulos no sociales, especialmente ligados a intereses circunscritos) que una explicación primaria por deseabilidad social; la “deseabilidad social” en TEA se manifiesta sobre todo como camuflaje (conductas para parecer neurotípico), no como el mecanismo central de la preferencia atencional por estímulos no sociales.

De hecho, tres publicaciones recientes que enmarcan las hipótesis sobre lo anteriormente señalado indican:

  1. Ausencia/atenuación del “sesgo social” típico (procesamiento “sin sesgo social”)

    Ya citamos a Mottron y cols. (2025) en un anterior artículo, cuando realizamos una crítica sobre los criterios actuales sobre el TEA. Mottron señala la hipótesis de la Bifurcación del Desarrollo Asimétrica (BDA), afirmando que los niños con TEA procesan el mundo enfocado en las propiedades físicas, objetivas e informativas, dejando a un lado ese sesgo social. Cerca del año y medio de vida, los niños autistas toman de manera abrupta e irreversible una ruta neurológica distinta. Este desvío explica por qué desarrollan intereses tan intensos por los objetos, los sistemas lógicos o los detalles físicos, y por qué no suelen buscar interactuar con sus compañeros de la misma forma.

  2. Hipótesis de la motivación social.

    Tradicionalmente, la «hipótesis de la motivación social» (Clements y cols., 2018) explicaba que el cerebro autista no encontraba los estímulos sociales tan gratificantes como el cerebro neurotípico. Sin embargo, un reciente metaanálisis de estudios de neuroimagen ha revelado que la realidad es mucho más amplia: los circuitos de recompensa en las personas autistas funcionan de manera atípica o reducida no solo frente a estímulos sociales, sino también ante recompensas no sociales cotidianas. Lo verdaderamente revelador es que estos mismos circuitos cerebrales muestran un gran aumento de actividad frente a los intereses y pasatiempos específicos de la persona. Por lo tanto, esta investigación transforma nuestra visión del autismo, indicando que no se trata solo de un déficit puramente social, sino de un funcionamiento radicalmente distinto de todo el sistema cerebral de recompensas, el cual redirige la motivación, el foco y el disfrute de la persona hacia sus intereses restringidos. 

    Esto último, nos lleva obviamente a ciertos planteamientos que afectan no solamente a la intervención del día a día, sino a establecer desde el inicio temprano unos límites con el objetivo de generar conductas que puedan dar lugar a largo plazo a un riesgo de adicción en detrimento de otras responsabilidades (hiperactivación significativa y atípica en los circuitos cerebrales de recompensa (como el núcleo accumbens y el núcleo caudado derecho) cuando se exponen a estímulos relacionados con sus intereses restringidos). De igual manera, una adecuada evaluación nos puede plantear la posibilidad que dicho sesgo atencional, unido a un sistema inhibitorio, puede dirigirnos a un patrón de interferencias internas en formas de pensamientos intrusivos sobre la temática de interés que afecte a su rendimiento en el día a día.

  3. Preferencias por estímulo no sociales dependiente del contenido (intereses restringidos).

    Un reciente metaanálisis (Hinz y cols., 2024) sobre atención visual en preescolares con TEA revela que, si bien estos niños muestran una mayor atención general hacia estímulos no sociales en comparación con sus pares neurotípicos, esta diferencia no refleja una preferencia generalizada por cualquier objeto. En realidad, esta mayor atención visual está impulsada de manera exclusiva por estímulos relacionados con sus intereses restringidos o especiales (como patrones geométricos, imágenes de ciencia o tecnología); de hecho, cuando se les muestran objetos comunes y no relacionados con estos intereses (como juguetes ordinarios), no existen diferencias significativas de atención entre ambos grupos. Por lo tanto, la investigación concluye que el sesgo atencional temprano hacia lo no social en el TEA está directamente motivado por el contenido específico de sus intereses particulares.

  4. Hipótesis atencionales/perceptivas alternativas.

    Un metaanálisis (Frazier y cols., 2017) demuestra que las personas con autismo presentan un patrón temprano y constante de anomalías en la atención visual, caracterizado por una menor fijación en elementos sociales clave —como los ojos y el rostro completo durante interacciones humanas— y, por el contrario, una mayor atención sostenida hacia información no social. Esta dificultad fundamental para priorizar estímulos sociales relevantes se mantiene sorprendentemente estable de forma independiente a la edad, el sexo o el coeficiente intelectual del individuo, y no empeora ante estímulos visuales más complejos o dinámicos, lo que sugiere que se trata de un sesgo atencional primario desde el inicio de la vida y no de un déficit cognitivo general. Dada la consistencia, magnitud y fiabilidad de estas diferencias a lo largo del tiempo, la evaluación objetiva de los patrones de mirada frente a estos estímulos posee un enorme potencial para emplearse como un biomarcador clínico valioso que facilite la identificación temprana, la evaluación de riesgos y el seguimiento de los resultados en el trastorno del espectro autista.


Conclusión: Hacia una nueva comprensión del fenotipo social.

La evidencia científica actual sugiere que la motivación social en el autismo no debe interpretarse como una ausencia total de interés, sino como una respuesta cualitativamente diferente y altamente dependiente del entorno. La menor preferencia por estímulos sociales en contextos experimentales plantea una pregunta fundamental: ¿Es esta conducta una falta de valor de recompensa intrínseco o es una respuesta a la incertidumbre y aversión que generan las situaciones sociales dinámicas? 

Este último punto es fundamental, puesto que la literatura deja claro una distribución temprana y relativamente estable de la prioridad atencional y motivacional (menos “sesgo social” típico) hacia información no social, pero no de forma global, sino especialmente hacia contenidos de alto valor idiosincrásico (intereses restringidos); esto puede entenderse como un fenotipo de procesamiento/valoración más que como un “déficit social” aislado.

De esta forma más que “reducir intereses” por principio, la lógica basada en evidencia sugiere usar intereses como reforzadores/puentes para ampliar repertorios y flexibilidad.

Compromiso Neuroex. 

Desde Neuroex estamos totalmente comprometidos a buscar formas diferentes para explicar determinados aspectos con los que no estamos de acuerdo. Durante nuestra experiencia clínica, llevamos evaluados e intervenidos a multitud de personas con diferentes trastornos del neurodesarrollo, entre los que están las personas que tienen autismo. Dentro de esta última población, y de sus “primos hermanos” (Trastornos de Aprendizaje no Verbal, Trastorno de la comunicación social, etc.) nos encontramos con frases demoledoras como “si no tiene interés es X” o “si tiene interés no puede serlo”, lo cual lleva a un reduccionismo grave sobre este concepto. 

Como los seres humanos no somos sencillos por naturaleza, las explicaciones sobre su conducta tampoco pueden serlo a priori, pese a tratar de simplificarlo todo lo máximo posible. Por ello, el autismo no debe entenderse como una ausencia de interés social, sino como un procesamiento neurobiológico divergente (siguiendo a Mottron) donde el sistema de recompensa cerebral prioriza la información técnica o de intereses específicos por encima de los estímulos sociales complejos, los cuales suelen generar una mayor carga cognitiva e incertidumbre.

Esto es sumamente importante, puesto que algunos autores (que veremos en otro momento) nos traen explicaciones muy interesantes sobre la incertidumbre, y como también hemos realizado aquí, traeremos una clasificación sobre diferentes subgrupos de perfiles de personas con TEA dónde, y debido a diferentes variables, presentan un exceso de ganas por socializar, pese a no presentar las habilidades sociales suficientes y necesarias, debido a una lectura de la mente, comunicación no verbal y literalidad alteradas.


Bibliografía:

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Hedger, N., Dubey, I., & Chakrabarti, B. (2020). Social orienting and social seeking behaviors in ASD. A meta analytic investigation. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 119, 376–395. https://doi.org/10.1016/j.neubiorev.2020.10.003

Klein, J., Krahn, R., Howe, S., Lewis, J., McMorris, C., & Macoun, S. (2025). A systematic review of social camouflaging in autistic adults and youth: Implications and theory. Development and Psychopathology, 37, 1320–1334. https://doi.org/10.1017/S0954579424001159

Mottron, L., Lavigne-Champagne, A., Bernhardt, B., Dumas, G., Jacquemont, S., & Gagnon, D. (2025). Asymmetric developmental bifurcations in polarized environments: a new class of human variants, which may include autism. Molecular psychiatry30(12), 6155–6164. https://doi.org/10.1038/s41380-025-03275-8

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Hinz, J. R., Eikeseth, F. F., Chawarska, K., & Eikeseth, S. (2024). A systematic review and meta-analysis of atypical visual attention towards non-social stimuli in preschoolers with autism spectrum disorder. Autism Research, 17(12), 2628–2644. https://doi.org/10.1002/aur.3261

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