Tal y como hemos comentado recientemente, el autismo es un trastorno enormemente heterogéneo dónde podemos encontrar perfiles cognitivos/conductuales altamente diversos con una misma etiqueta.  

De igual forma, no son pocas las ocasiones dónde nos encontramos con una comorbilidad enorme, siendo el diagnostico de Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, dislexia, Trastorno de la Coordinación Motora, etc., los más frecuentes. Conforme avanzamos en edad, y en función del grado, empezamos a ver también trastornos vinculados a la esfera emocional (ej., ansiedad, depresión o fobias). 

Hay temas que como hemos dicho son muy estudiados (modas); sin embargo, otros pasan a un segundo plano, pero que llegan en un momento dado para dar un vuelco tanto a los tratamientos como a las evaluaciones. 

Los dos siguientes artículos que vamos a escribir tienen su base en niños que, pese al diagnóstico de trastorno del espectro del autismo, no encajan únicamente dentro de dicho perfil, existiendo en alguno de ellos, una alteración del pensamiento; y en otros de ellos, una escasa empatía afectiva. Para poder enmarcar todo lo escrito, utilizaremos dos revisiones actuales (Posar y Visconti, 2020; Zaccaria y cols., 2025).

Introducción: el enigma de los niños que no encajan.

En la práctica clínica, los psiquiatras y psicólogos a menudo se enfrentan a un desafío diagnóstico desconcertante: el paciente «raro» o “fuera de la común”. Son niños y adolescentes cuya sintomatología no parece encontrar un anclaje sólido en los manuales actuales. Presentan rasgos que recuerdan al autismo, pero su desregulación emocional y sus procesos de pensamiento sugieren algo más oscuro, algo que roza los límites de la psicosis.

Ante esta realidad, surge una duda inquietante para la neuropsicología: ¿Es posible que, en nuestro afán por simplificar los manuales modernos, hayamos eliminado cuadros clínicos? Al suprimir categorías específicas en favor de espectros más amplios, podríamos haber dejado en un limbo clínico a quienes habitan en los márgenes. Es aquí donde resurge el concepto del Trastorno del Desarrollo Complejo Múltiple (MCDD), una entidad que en el pasado prometió estar presente en este territorio desconocido.

Un diagnóstico en el olvido: del auge holandés a la oscuridad científica

El término fue propuesto originalmente por Donald Cohen en 1986 como «Trastorno del Desarrollo Múltiple» y refinado por Towbin en 1993 como MCDD. Durante casi tres décadas, este diagnóstico generó un interés científico vibrante, aunque con una particularidad geográfica: la investigación se concentró masivamente en los Países Bajos (especialmente en centros como el Erasmus Medical Center en Rotterdam).

Sin embargo, tras el año 2015, el interés científico pareció desvanecerse. La llegada del DSM-5 consolidó diversas subcategorías bajo el paraguas único del Trastorno del Espectro Autista (TEA), absorbiendo el MCDD como si fuera una variante más de la condición. Este «olvido» es problemático por una razón fundamental: el MCDD no se comporta como el autismo clásico. Al ignorar su autonomía, condenamos a estos pacientes a recibir tratamientos centrados en la rigidez social, mientras sus verdaderos motores de malestar —la ansiedad desbordante y la vulnerabilidad psicótica— quedan desatendidos.

La Tríada del MCDD: más que solo dificultades sociales

Para que un cuadro clínico sea considerado MCDD, debe manifestarse una combinación específica y rigurosa de síntomas en tres dominios clave, según los criterios de Buitelaar y van der Gaag (1998):

  1. Regulación del afecto y ansiedad: el niño experimenta miedos inusuales, fobias extrañas o episodios de pánico recurrentes. No se trata de simple timidez, sino de una desorganización conductual marcada por comportamientos primitivos o incluso violentos ante el estrés.
  2. Comportamiento social: existe un desinterés o desapego, pero lo más característico son los apegos ambivalentes. A diferencia del aislamiento predecible del autismo, aquí el contacto social es inestable y, a menudo, perturbado.
  3. Trastorno del pensamiento: es el rasgo más distintivo y alarmante. Incluye pensamiento mágico, intrusiones súbitas de ideas extrañas, neologismos, paranoia y una preocupación obsesiva por figuras de fantasía que el niño tiene dificultades para distinguir de la realidad.

La literatura científica enfatiza que el diagnóstico no es una simple suma de rasgos, sino una intersección crítica:

«El diagnóstico requiere una intersección compleja de: 1) desregulación afectiva (miedos y fobias inusuales o peculiares), 2) desapego social con vínculos ambivalentes y 3) trastorno del pensamiento (pensamiento mágico, neologismos o preocupaciones paranoides)».

El «Puente» invisible: fluctuación frente a estabilidad

El MCDD ocupa una posición fascinante como un «puente» clínico entre el autismo y la esquizofrenia de inicio infantil. Esta conexión no es solo conceptual; se manifiesta en la propia estructura de la conducta del paciente.

Una distinción crucial que actúa como pegamento narrativo entre estos trastornos es la naturaleza del funcionamiento diario. Mientras que el TEA se caracteriza por la estabilidad de sus déficits y una marcada rigidez cognitiva y conductual, el MCDD se define por fluctuaciones notables. Un niño con MCDD puede mostrarse funcional por la mañana y caer en una desorganización absoluta por la tarde. Esta inestabilidad emocional y cognitiva es la que construye el puente hacia la psicosis: mientras el autismo es un estado de desarrollo «estático» en su esencia, el MCDD es un proceso dinámico de vulnerabilidad.

Hallazgos neurobiológicos: el cerebro revela su identidad.

La ciencia ha proporcionado marcadores biológicos que respaldan la autonomía del MCDD frente al autismo, sugiriendo que estamos ante trayectorias de desarrollo cerebral distintas:

  • La respuesta al estrés: los estudios de Jansen y cols. (2000, 2003) revelaron una hiporreactividad del cortisol en niños con MCDD ante el estrés psicosocial (como hablar en público). Mientras que en el autismo la respuesta suele ser elevada, en el MCDD el sistema de respuesta al estrés parece «apagado» o agotado, una característica que se ha observado también en pacientes con vulnerabilidad a la esquizofrenia.
  • Diferencias cerebrales: Mediante resonancia magnética (MRI), se ha detectado un agrandamiento del cerebelo en pacientes con MCDD. Sin embargo, un detalle clínico vital los separa del autismo clásico: los niños con MCDD presentan un Volumen Intracraneal (ICV) más pequeño que aquellos con TEA. Esta es la razón técnica por la cual la macrocefalia —común en el autismo— suele estar ausente en el MCDD.

El riesgo latente: una ventana al futuro de la esquizofrenia.

El dato más impactante y que justifica por sí solo la necesidad de recuperar este diagnóstico es su valor pronóstico. Los estudios de seguimiento indican que el 64% de los adultos jóvenes diagnosticados previamente con MCDD desarrollaron un trastorno del espectro esquizofrénico (SSD).

Este hallazgo es una señal de alarma clínica. En el autismo clásico, la evolución hacia la esquizofrenia es considerada rara. Por tanto, al diluir el MCDD dentro del espectro autista, estamos ignorando un factor de riesgo masivo. El MCDD no es «solo autismo»; es, en muchos casos, el preludio de un trastorno psicótico que requiere un monitoreo estrecho y una intervención preventiva específica.

Conclusión: el vacío diagnóstico y el camino a seguir

La desaparición del MCDD de la taxonomía oficial ha dejado un vacío que afecta directamente al paciente. Al «sobreincluir» a estos niños en el espectro autista, la intervención suele priorizar las habilidades sociales, ignorando que el verdadero peligro reside en su trastorno del pensamiento y su fragilidad emocional.

Estamos tratando a futuros pacientes psicóticos con herramientas diseñadas para el TEA. Ante este panorama, la pregunta es inevitable: ¿realmente beneficia a los casos más complejos la simplificación extrema de manuales como el DSM-5, o hemos sacrificado la precisión clínica en el altar de la eficiencia diagnóstica? Recuperar el MCDD no es solo un ejercicio de nostalgia científica, sino una urgencia para quienes hoy habitan en los límites de nuestra comprensión.

Compromiso Neuroex.

Los profesionales que formamos Neuroex estamos siempre en constante formación. Las preguntas ante lo que se sale de lo tradicional son importantes, pues como hemos visto a lo largo de los párrafos anteriores, puede suponer la entrada de variables más allá de lo tradicionalmente pensado para el diagnostico “clásico”. 

Es sumamente importante hacerse las preguntas adecuadas, para buscar en la literatura aquellas respuestas que puedan ajustarse de la forma más fiable a lo que en el día a día vemos.

Bibliografía:

Buitelaar, J. K., & van der Gaag, R. J. (1998). Diagnostic rules for children with PDD-NOS and multiple complex developmental disorder. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 39(6), 911–919

Jansen, L. M., Gispen-de Wied, C. C., Van der Gaag, R. J., ten Hove, F., Willemsen-Swinkels, S. W., Harteveld, E., & Van Engeland, H. (2000). Unresponsiveness to psychosocial stress in a subgroup of autistic-like children, multiple complex developmental disorder. Psychoneuroendocrinology, 25(8), 753–764. https://doi.org/10.1016/s0306-4530(00)00020-2

Jansen, L. M., Gispen-de Wied, C. C., van der Gaag, R. J., & van Engeland, H. (2003). Differentiation between autism and multiple complex developmental disorder in response to psychosocial stress. Neuropsychopharmacology, 28(3), 582–590. https://doi.org/10.1038/sj.npp.1300046

Posar, A., & Visconti, P. (2020). Whatever happened to multiple complex developmental disorder? Turk Pediatri Ars, 55(3), 222–228. https://doi.org/10.14744/TurkPediatriArs.2020.65693.

Zaccaria, V., Ardizzone, I., Pisani, F., Raballo, A., & Poletti, M. (2025). Multiple complex developmental disorder (MCDD): Did we throw the baby out with the bathwater too fast? A systematic review. Clinical Child Psychology and Psychiatry, 30(1), 5–19. https://doi.org/10.1177/13591045241285486.