Concepto y síntomas
El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un trastorno del neurodesarrollo que tiene déficits en varios sistemas nucleares de la cognición.
En la literatura nos encontramos con definiciones que inciden en la falta de atención, hiperactividad e impulsividad durante el desarrollo (Kuntsi y cols., 2006) que provocan un deterioro funcional en 1 o más áreas de la función académica, social y emocional (Rajaprakash y cols., 2022). Sin embargo, un punto a matizar es que la presencia de un trastorno no debería estar asociada a estos tres últimos elementos (académico, social y emocional), pese a que nos puedan ayudar a detectar que algo esté ocurriendo.
Paralelamente a estas dificultades también se habla de la existencia de déficits en las llamadas funciones ejecutivas (Kuntsi y cols., 2006; Krieger y Amador-Campos, 2018), que como ya señalamos en otra publicación, es un concepto altamente heterogéneo y poco específico, de ahí que nos podamos encontrar con un batiburrillo importante en torno a las dificultades que tienen estos niños (o adultos como veremos posteriormente).
Entre los déficits encontrados se han señalado un menor rendimiento en tareas que implican inhibición, memoria de trabajo, previsión, flexibilidad cognitiva, planificación, organización, habilidades sociales y autorregulación emocional (Vélez-van-Meerbeke y cols., 2013; Hughes y cols., 2013; Krieger y Amador-Campos, 2018); traduciéndose todo esto en una heterogeneidad de déficits neurocognitivos y una amplia gama de síntomas conductuales (Posner, 2020).
Una pregunta que podemos hacernos ahora mismo es cómo gestionar tal cantidad de déficits o dificultades. Para ello, la distinción entre primario y secundario es clave, observándose que uno de los sistemas primarios de alteración en el TDAH es el sistema inhibitorio (Barkley, 1997) siendo definido como “ser capaz de controlar la atención, el comportamiento, los pensamientos y/o las emociones para anular una fuerte predisposición interna o un atractivo externo y, en su lugar, hacer lo que es más apropiado o necesario” (Diamond, 2013, p. 2).
Si vemos que un niño durante su desarrollo presenta dificultades primarias para controlar la atención debido a la presencia de interferencias internas (pensamientos, por ejemplo) o externas (atractivos externos), podemos entender que la memoria de trabajo, entendida como el espacio de trabajo dónde se mantiene la información para poder trabajar mentalmente con ella, también esté deficitaria debido a la presencia de información ajena al objetivo de la tarea. Siguiendo con este razonamiento, el resto de las funciones que estén por encima (planificación, organización, previsión, etc.) y necesiten tanto del sistema inhibitorio como de la memoria de trabajo estarán deficitarias de forma secundaria, lo que lógicamente impactara de manera notable en su día a día.
Epidemiología y curso evolutivo
Posner (2020) en su revisión señala que varios estudios estimaron la prevalencia del TDAH en un 5-29%. En adultos de 19 a 45 años, por su parte, es del 2-5%. Este autor indicó que las investigaciones señalan cómo el 15% de los pacientes persistían con criterios diagnósticos completos mientras que entre el 40 y el 60% lo hacía como remitentes parciales. De hecho, señala que incluso algunos estudios sugirieron la aparición del TDAH durante la adolescencia y la etapa adulta, lo que podría indicar un nuevo subtipo evolutivo del trastorno.
Diagnóstico diferencial
Actualmente parece que todo el mundo sabe que es el TDAH debido a que es bastante frecuente que cualquier dificultad atencional [sobre todo vinculado al ámbito escolar] conlleve una sospecha de este trastorno. Inicialmente es importante señalar que no toda dificultad atencional está asociada a un déficit en el control sobre la atención. Por ejemplo, pueden existir déficits en los procesos abstractos (que el niño no se entere de lo que expliquen), en el sistema emocional, para comprender palabras o frases o una velocidad de procesamiento enlentecida que deriven en una dificultad atencional secundaria a dichos déficits. Hay otros trastornos (como el tempo cognitivo lento), síndromes disejecutivos, etc., que conllevan a la presencia de dificultades atencionales, de inquietud motora o impulsividad. Para un correcto abordaje en el tratamiento se hace necesario de un adecuado estudio del caso, no ciñéndonos únicamente a los resultados de una batería o pruebas estandarizadas, y realizar un correcto análisis de las pruebas complementarias y de la información proporcionada por la familia durante la entrevista clínica.
Bibliografía:
Diamond A. (2013). Executive functions. Annual review of psychology, 64, 135–168. https://doi.org/10.1146/annurev-psych-113011-143750
Hughes, A., Wilson, F. C., Trew, K., & Emslie, H. (2013). Detecting executive deficits in children with ADHD or acquired brain injury using the Behavioural Assessment of Dysexecutive Syndrome (BADS). The Irish Journal of Psychology, 34(1), 13–23. https://doi.org/10.1080/03033910.2012.754323
Krieger, V., & Amador-Campos, J. A. (2018). Assessment of executive function in ADHD adolescents: contribution of performance tests and rating scales. Child neuropsychology : a journal on normal and abnormal development in childhood and adolescence, 24(8), 1063–1087. https://doi.org/10.1080/09297049.2017.1386781
Rajaprakash, M., & Leppert, M. L. (2022). Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder. Pediatrics in review, 43(3), 135–147. https://doi.org/10.1542/pir.2020-000612
Posner, J., Polanczyk, G. V., & Sonuga-Barke, E. (2020). Attention-deficit hyperactivity disorder. Lancet (London, England), 395(10222), 450–462. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(19)33004-1
Vélez-van-Meerbeke, A., Zamora, I. P., Guzmán, G., Figueroa, B., López Cabra, C. A., & Talero-Gutiérrez, C. (2013). Evaluating executive function in schoolchildren with symptoms of attention deficit hyperactivity disorder. Neurologia (Barcelona, Spain), 28(6), 348–355. https://doi.org/10.1016/j.nrl.2012.06.011
