El trastorno del espectro autista se caracteriza por déficits persistentes en la capacidad de iniciar y sostener la interacción social recíproca y la comunicación social, y por un rango de patrones comportamentales e intereses restringidos, repetitivos e inflexibles (OMS, 2025). 

Actualmente, la prevalencia estimada es de uno por cada 100 (Zeidan y cols., 2022), siendo esta cifra diferente en función de la región estudiada (Elsabbagh y cols., 2012). Un reciente artículo de consenso de la revista Lancet estima que como mínimo hay 78 millones de personas en el mundo que tienen autismo (Lord y cols., 2022). 

Líos terminológicos. 

Tal y como indican Sun y cols. (2022) “la capacidad de relacionarse con los demás es una habilidad humana fundamental que está muy automatizada.” Durante las interacciones se producen sin esfuerzo un flujo de estados emocionales y objetivos, facilitando la comprensión de las intenciones y las acciones de los demás, lo que permite estar en la misma “sintonía”.  

Tal y como hemos indicado en el primer párrafo, el TEA se caracteriza principalmente por una dificultad para poner en marcha estos elementos, existiendo lógicamente una marcada variación en la capacidad para comprender las necesidades y los objetivos de los demás y, por tanto, tenerlos en cuenta durante las interacciones sociales. 

En la actualidad existen diversas teorías que plantean explicaciones sobre las dificultades que tienen las personas que tienen TEA. Entre aquellas que más respaldo han sustentado (con sus críticas y matices, por ejemplo, Long y cols., 2025) está la teoría de la mente o mentalización, ambos términos muy próximos que tienen como base “explicar el comportamiento de los demás en términos de sus pensamientos, sentimientos o intenciones” (Olga Jańczak, 2021). Sin embargo, tal y como señala esta autora (dejo el enlace a su libro para una revisión de este tema), ambos son términos distintos que, unas veces, se utilizan como sinónimo, mientras que otras se utilizan de forma diferente:

  • Teoría de la mente: se ocupa principalmente del funcionamiento cognitivo, en particular del reconocimiento de emociones y del razonamiento sobre estados mentales cognitivos o/y afectivos.
  • Mentalización: actividad mental imaginativa que permite tratar el comportamiento propio y ajeno en términos de necesidades, deseos, creencias, objetivos y sentimientos intencionales.

MentalizaciónTeoría de la mente
Antecedentes teóricosTeoría del apego, teoría de las relaciones objetables.Psicología del desarrollo y psicología cognitiva.
DominioEl yo y los demásOtros
Aspectos relacionalesUna mentalización específica del contexto, dinámica, del aquí y ahora, que explora el funcionamiento en las relaciones cercanas.Contexto neutro, mentalización sobre un personaje abstracto.
Excitación (arousal) emocionalMentalización en el contexto de la excitación emocional y activación del sistema de apego.No supone una implicación emocional personal en la historia de alguien que la mente está reconociendo (no hay activación del sistema de apego).
Procesando la experiencia emocionalSe desencadenan defensas y/o reflexiones más o menos maduras; su interacción mutua se revela en el nivel de mentalización.Considerado deficitario o no deficitario en determinadas funciones.
Funciones reguladoras en relación con las emocionesSupone la regulación y transformación de las propias emociones debido a la comprensión de las intenciones, sentimientos y creencias de alguien.No relacionado con la función de regulación de las emociones.
GénesisSurge en el contexto de la relación de apego; las dificultades de mentalización tienen un carácter defensivo frente a experiencias emocionales intensas (como traumas de la primera infancia).Las dificultades se derivan de déficits cognitivos (por ejemplo, memoria, atención, inferencia, capacidad lingüística), que en el curso del desarrollo no alcanzaron el nivel óptimo de funcionamiento.
Déficits confirmadosTrastornos emocionales, trastornos de la personalidad.Autismo, esquizofrenia, lesiones cerebrales, depresión.


Traducción del libro de Olga Jańczak (2021)

Para complicar más las cosas, el constructo empatía también se ha utilizado para explicar los déficits en las interacciones sociales, definiéndose como capacidad de comprender la experiencia afectiva de los demás, existiendo dos procesos que contribuyen a la misma (Lockwood y cols., 2013):

  • Empatía afectiva: ser consciente del sentimiento del otro individuo y sintonizar con él, de modo que la conciencia de su emoción provoque el mismo estado en uno mismo.
  • Empatía cognitiva: identificar y comprender lo que piensa/siente otra persona sin que sea necesaria una respuesta afectiva.

Con el objetivo de explicar la relación existente entre la empatía y la teoría de la mente como un constructo multidimensional, Dvash y Shamay-Tsoory (2014) realizaron un estudio de revisión dónde llegaron a la conclusión de que poseer conocimiento de los pensamientos y sentimientos de los demás no garantiza la empatía hacia los demás. 

Estos autores, por un lado, definieron la empatía cognitiva como un “intento activo por parte de una persona de meterse «dentro» de la mente de otra o de acercarse mentalmente a alguien mediante un esfuerzo intelectual deliberado” describiendo una situación en la que “el sujeto es un agente activo que intenta deliberadamente salir de sí mismo y «entrar» en las experiencias del otro; implica un reconocimiento cognitivo de las emociones[muy importante este concepto puesto que implica saber reconocer en base al conocimiento; pero conocer no es sentir]de los demás”, vinculando  este concepto principalmente a la teoría de la mente afectiva.Para ello consideraron necesario los procesos de toma de perspectiva y de teoría de la mente, además de poner en marcha la flexibilidad cognitiva y la memoria. Por otro lado, definieron la empatía afectiva como la “capacidad de experimentar reacciones afectivas a las experiencias observadas de otros”, es decir, la apropiación de estos sentimientos, al menos a un nivel básico (agradable-desagradable). La empatía afectiva incluye un componente de «compartir experiencias» que es más automático e implícito y tiene una base más vinculada al procesamiento de simulación. 


Según estos autores, la empatía afectiva es la base de la capacidad empática cognitiva. Además, parece que la empatía cognitiva, a diferencia de la empatía afectiva, implica la creación de estados mentales (teoría de la mente) cognitivos y afectivos del otro.

De esta manera tenemos múltiples conceptos, con un uso impreciso o distinto en función de los estudios consultados (Olga Jańczak, 2021), existiendo menos conocimiento sobre las relaciones entre estos procesos y siendo un objetivo introducir enfoques naturalistas que utilicen herramientas para simular situaciones de la vida real (Dvash y Shamay-Tsoory, 2014).  

Empatía y TEA.  

Dentro del ámbito clínico es normal encontrar a familiares de niños con diferentes TND que llegan a consulta pensando que su hijo no tiene empatía. Esta afirmación, como hemos podido comprobar, es imprecisa e inexacta, ya que, al tratarse de un concepto multidimensional, y a veces confuso, se hace necesario matizarlo. 

Tras haber examinado los apartados anteriores, lo primero que pensamos es que sí hay déficits en las personas con TEA en algunos ámbitos. Por ejemplo, un estudio longitudinal publicado en 2023 (Li y cols., 2023) evaluó a padres de niños con TEA y profesionales en las variables de contagio emocional (empatía afectiva), reconocimiento de emociones, la atención a los demás y las acciones prosociales. Los resultados indicaron que:

  1. Los padres reportaron niveles iguales de contagio emocional en niños con autismo y sin autismo, los investigadores reportaron un menor contagio emocional en los niños con autismo.
  2. Niveles más bajos de atención a los demás, reconocimiento emocional y acciones prosociales en los niños con autismo.
  3. El contagio emocional se mantuvo estable, mientras que el reconocimiento emocional y las acciones prosociales aumentaron con la edad en los niños con autismo.
  4. No se encontró ningún efecto de la edad en la atención a los demás.
  5. Las trayectorias de desarrollo de la atención a los demás y las acciones prosociales difirieron entre niños con autismo y sin autismo.
    1. El aumento de las acciones prosociales fue mayor en niños autistas que en niños sin autismo. Este hallazgo respalda la suposición de que los niños autistas no eran insensibles y tenían potencial para aprender y mejorar.
    2. No encontraron ningún efecto de la edad en la atención reportada por los padres. Tanto los niños autistas como los no autistas se volvieron más competentes en la evaluación de las emociones de los demás y, por lo tanto, no necesitaron dedicar más tiempo a observar sus manifestaciones emocionales. Su atención podría incluso disminuir si la situación se vuelve más fácil de procesar. 


Los autores del estudio comentaron la importancia que tiene el contagio emocional ya que unos niveles adecuados de contagio emocional son cruciales para motivar acciones prosociales y compasivas hacia los demás. De igual manera, Shalev y cols. (2022) señalaron que tanto la empatía como el desequilibrio empático, medido este último como la diferencia existente entre la empatía afectiva y cognitiva, fueron predictores para el diagnostico de TEA. Concretamente, se observa una menor empatía total y un mayor desequilibrio empático, con predominio de la empatía emocional sobre la empatía cognitiva. Es decir, esta conceptualización podría coincidir mejor con la experiencia interna de algunas personas autistas que reportan un «exceso de empatía» y superar la idea aún prevaleciente de que el autismo se asocia con una falta de empatía. Este exceso de empatía podría causar sobreactivación, ya que el individuo se siente abrumado por las emociones del otro, y podría igualmente dar lugar a una mayor desregulación emocional. Tal y como indicaron estos autores, este campo todavía está en sus inicios. 


Un estudio reciente va en contra de los resultados anteriores. Kimmig y cols. (2024) señalaron que la reactividad emocional, medida como la propia tendencia a experimentar emociones, podría afectar a la intensidad de las emociones atribuidas a los demás y/o sentidas por ellos. Sus resultados sugirieron que unas respuestas empáticas cognitivas y afectivas más bajas en personas con TEA podrían estar mediadas por diferencias en la reactividad emocional. Estos autores señalaron que la disfunción fundamental podría estar en una reactividad emocional atípica más que en un deterioro selectivo en la empatía cognitiva o afectiva. De igual manera, obtuvieron puntuaciones más bajas tanto en medidas de empatía cognitiva como afectiva independientemente del grado de distancia social (familiares o desconocidos). Este último punto resulta relevante, ya que basándonos en la hipótesis de similitud o proximidad los estudios han sugerido que la empatía afectiva puede estar deteriorada principalmente con personas distantes o desconocidas, mientras que permanece intacta en individuos socialmente cercanos (Nuske y cols., 2014; Shirayama y cols., 2022). Finalmente, estos autores señalaron tres aspectos importantes:

  • Controlar con mayor exhaustividad la variable reactividad emocional debido a su complejidad. 
  • La falta de la operacionalización de la empatía afectiva. 
  • El deterioro de la reactividad emocional y empática no conduce necesariamente a una reducción del comportamiento prosocial. 


Finalmente, un metaanálisis recientemente publicado (Fatima y Babu, 2024) incide en la importancia de teorizar adecuadamente el concepto de empatía y en desarrollar medidas de empatía que tengan fundamentos teóricos sólidos, así como en buscar medidas que disminuyan la carga cognitiva a nivel lingüística y cognitiva con el objetivo de no sesgar los resultados y la necesidad de una investigación más rigurosa. A pesar de estas críticas, los resultados obtenidos indicaron que: 

  1. Tanto la empatía cognitiva como la afectiva se han encontrado poco desarrolladas en individuos con TEA. Sin embargo, el tipo de medida utilizada puede estar moderando los efectos obtenidos. 
  2. Dada la naturaleza entrelazada de la teoría de la mente y la empatía, los investigadores pueden investigar cómo el entrenamiento de la teoría de la mente puede mejorar las capacidades empáticas de los individuos con TEA.

Conclusiones. 

Pese a la utilización generalizada por parte de la población de determinados términos como teoría de la mente, mentalización o empatía, en la actualidad hay dificultad para establecer claramente los límites conceptuales entre los mismos. De igual manera, existe una dificultad para encontrar medidas que nos permitan concluir con la suficiente validez y fiabilidad sobre las puntuaciones en una tarea y estos tres constructos. 

Por si esto no fuera poco, cuando nos introducimos en TND la cosa se complica aún más, puesto que las propias investigaciones utilizan términos como sinónimos para explicar conceptos diferentes o utilizan medidas conductuales sin el suficiente control metodológico para poder afirmar con claridad. De hecho, un punto interesante es el que abordaremos en el siguiente hilo sobre autismo y psicopatía. 

En resumen, además de nutrirse de la mayor cantidad de conocimiento posible, es sumamente importante ser prudentes al hablar de estos temas. Por ello, y bajo nuestro puesto de vista, es esencial apoyarse en profesionales de diferentes áreas y no tener presente únicamente la observación transversal (evaluación) como hecho fundamental, sino saber esperar y analizar la experiencia que los pacientes [y familiares] nos aportan en el día a día para ir estableciendo un razonamiento clínico más ajustado y mejorar la hipótesis de intervención. 

Bibliografía:

Dvash, J., & Shamay-Tsoory, S. G. (2014). Theory of mind and empathy as multidimensional constructs: Neurological foundations. Topics in Language Disorders, 34(4), 282–295. https://doi.org/10.1097/TLD.0000000000000040

Elsabbagh, M., Divan, G., Koh, Y. J., Kim, Y. S., Kauchali, S., Marcín, C., Montiel-Nava, C., Patel, V., Paula, C. S., Wang, C., Yasamy, M. T., & Fombonne, E. (2012). Global prevalence of autism and other pervasive developmental disorders. Autism research : official journal of the International Society for Autism Research5(3), 160–179. https://doi.org/10.1002/aur.239

Fatima, M., & Babu, N. (2024). Cognitive and affective empathy in autism spectrum disorders: A meta-analysis. Review Journal of Autism and Developmental Disorders, 11(4), 756-775. https://doi.org/10.1007/s40489-023-00364-8

Kimmig, A. S., Burger, L., Schall, M., Derntl, B., & Wildgruber, D. (2024). Impairment of affective and cognitive empathy in high functioning autism is mediated by alterations in emotional reactivity. Scientific reports14(1), 21662. https://doi.org/10.1038/s41598-024-71825-1

Li, B., Blijd-Hoogewys, E., Stockmann, L., Vergari, I., & Rieffe, C. (2023). Toward feeling, understanding, and caring: The development of empathy in young autistic children. Autism : the international journal of research and practice27(5), 1204–1218. https://doi.org/10.1177/13623613221117955

Lockwood, P. L., Bird, G., Bridge, M., & Viding, E. (2013). Dissecting empathy: high levels of psychopathic and autistic traits are characterized by difficulties in different social information processing domains. Frontiers in human neuroscience, 7, 760. https://doi.org/10.3389/fnhum.2013.00760

Long, E. L., Catmur, C., & Bird, G. (2025). The theory of mind hypothesis of autism: A critical evaluation of the status quo. Psychological Review. Advance online publication. https://dx.doi.org/10.1037/rev0000532

Lord, C., Charman, T., Havdahl, A., Carbone, P., Anagnostou, E., Boyd, B., Carr, T., de Vries, P. J., Dissanayake, C., Divan, G., Freitag, C. M., Gotelli, M. M., Kasari, C., Knapp, M., Mundy, P., Plank, A., Scahill, L., Servili, C., Shattuck, P., Simonoff, E., … McCauley, J. B. (2022). The Lancet Commission on the future of care and clinical research in autism. Lancet (London, England)399(10321), 271–334. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(21)01541-5

Nuske, H. J., Vivanti, G., & Dissanayake, C. (2014). Reactivity to fearful expressions of familiar and unfamiliar people in children with autism: an eye-tracking pupillometry study. Journal of neurodevelopmental disorders6(1), 14. https://doi.org/10.1186/1866-1955-6-14

Organización Mundial de la Salud. (2025). Trastorno del Espectro del Autismo. En Clasificación Internacional de Enfermedades, 11ª revisión (CIE-11) 

Shalev, I., Warrier, V., Greenberg, D. M., Smith, P., Allison, C., Baron-Cohen, S., Eran, A., & Uzefovsky, F. (2022). Reexamining empathy in autism: Empathic disequilibrium as a novel predictor of autism diagnosis and autistic traits. Autism research : official journal of the International Society for Autism Research15(10), 1917–1928. https://doi.org/10.1002/aur.2794

Shirayama, Y., Matsumoto, K., Hamatani, S., Muneoka, K., Okada, A., & Sato, K. (2022). Associations among autistic traits, cognitive and affective empathy, and personality traits in adults with autism spectrum disorder and no intellectual disability. Scientific reports12(1), 3125. https://doi.org/10.1038/s41598-022-07101-x

Sun, L., Lukkarinen, L., Noppari, T., Nazari-Farsani, S., Putkinen, V., Seppälä, K., Hudson, M., Tani, P., Lindberg, N., Karlsson, H. K., Hirvonen, J., Salomaa, M., Venetjoki, N., Lauerma, H., Tiihonen, J., & Nummenmaa, L. (2022). Aberrant motor contagion of emotions in psychopathy and high-functioning autism. Cerebral cortex (New York, N.Y.: 1991)33(2), 374–384. https://doi.org/10.1093/cercor/bhac072

Zeidan, J., Fombonne, E., Scorah, J., Ibrahim, A., Durkin, M. S., Saxena, S., Yusuf, A., Shih, A., & Elsabbagh, M. (2022). Global prevalence of autism: A systematic review update. Autism research : official journal of the International Society for Autism Research15(5), 778–790. https://doi.org/10.1002/aur.2696