Ya hemos venido señalando en anteriores textos la dificultad para enmarcar el concepto de TEA. Hemos hecho hincapié en los diversos problemas vinculados tanto a su conceptualización y criterios diagnósticos como a sus límites difusos con respecto a otras problemáticas.
También abordamos distintos conceptos relacionados con los temas de interés, ya que suelen existir errores de interpretación, así como la empatía. Este último punto es de suma importancia puesto que, como dijimos en su momento, con frecuencia escuchamos comentarios sobre una supuesta falta de empatía en el TEA. Esto nos lleva a delimitar el concepto de forma exhaustiva para una mejor comprensión.
Si bien ya desglosamos la empatía anteriormente, el objetivo de este texto es entrar a desgranar (algo que haremos poco a poco para no generar un hilo demasiado extenso) el TEA y la verdadera falta de empatía. A modo de recordatorio, nos tomamos la licencia de definirla de manera resumida para, posteriormente, vincularla con los objetivos propuestos.
Introducción y marco conceptual
La investigación clínica y neurobiológica sobre las alteraciones en la interacción social requiere diferenciar con precisión fenotipos que, aunque pueden manifestar conductas disruptivas o aparentes déficits empáticos similares en la superficie, responden a arquitecturas cognitivas, afectivas y etiológicas fundamentalmente distintas.
Trastorno del Espectro Autista
El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es un trastorno del neurodesarrollo de inicio temprano en la infancia que persiste a lo largo de toda la vida, caracterizado por perturbaciones cualitativas en la comunicación social recíproca, la presencia de patrones de conducta, intereses o actividades restringidos y repetitivos, así como atipicidades en el procesamiento sensorial (American Psychiatric Association [APA], 2013; Lord et al., 2020; Murphy et al., 2024). Su prevalencia global se sitúa en torno al 1 % de la población general (Brugha et al., 2016; Murphy et al., 2024).
Desde la perspectiva de la cognición social, el núcleo del perfil socioafectivo en el TEA radica en un déficit marcadamente acentuado de la empatía cognitiva (asociada a lo que se denomina Teoría de la Mente, la mentalización y la capacidad de toma de perspectiva), lo que dificulta la inferencia e interpretación del estado mental y emocional ajeno (Baron-Cohen & Wheelwright, 2004; Blair, 2005, 2008; Fatima & Babu, 2023). Por el contrario, la empatía afectiva (la capacidad para resonar emocionalmente con los sentimientos de los demás) suele estar preservada, e incluso puede manifestarse en forma de una marcada reactividad afectiva visceral (Fatima & Babu, 2023; Shalev et al., 2022). Este fenómeno se conceptualiza formalmente como desequilibrio empático, donde la dominancia de la empatía emocional sobre la cognitiva predice las dificultades socio- comunicativas centrales del trastorno (Shalev et al., 2022). Las conductas o daños a terceros causados por personas con autismo suelen ser involuntarios o inadvertidos, derivados de errores en la decodificación del contexto social o de estados de sobrecarga sensorial y emocional, diferenciándose radicalmente de la intencionalidad calculadora o maliciosa (Baron-Cohen & Wheelwright, 2004; Maguire et al., 2024; Murphy et al., 2024).
Psicopatía
Por su parte, la psicopatía se define como una estructura severa y multidimensional de la personalidad caracterizada por insensibilidad (callousness), ausencia de remordimiento y culpa, egocentrismo, encanto superficial, manipulación interpersonal y propensión a la conducta antisocial y la delincuencia (Cleckley, 1941/1988; Hare, 2003; Burghart & Mier, 2022; Murphy et al., 2024). Se estima que afecta a aproximadamente entre el 1 % y el 1.2 % de la población general (Sanz-García et al., 2021; Murphy et al., 2024), alcanzando prevalencias de entre el 15 % y el 20 % en muestras penitenciarias y forenses (Hare, 2003; Sun et al., 2023; Murphy et al., 2024).
La literatura contemporánea operacionaliza la psicopatía mediante dos marcos conceptuales dominantes:
- Modelo Clásico de Dos Factores (Hare, 2003): Evalúa el trastorno a través de la escala PCL-R, dividiéndolo en el Factor 1 o dimensión Interpersonal/Afectiva (encanto superficial, manipulación, egocentrismo, frialdad afectiva y falta de empatía) y el Factor 2 o dimensión de Desviación Social/Estilo de Vida (impulsividad, irresponsabilidad, versatilidad criminal y conducta antisocial) (Hare, 2003; Burghart & Mier, 2022; Duarte et al., 2023).
- Modelo Triárquico (Patrick et al., 2009): Conceptualiza la psicopatía a través de tres fenotipos disociables: Audacia (Boldness, caracterizada por dominancia social, baja reactividad al estrés e inmunidad al miedo), Maldad/Frialdad (Meanness, caracterizada por insensibilidad, agresión depredadora y falta de empatía) y Desinhibición (Disinhibition, caracterizada por impulsividad, desregulación emocional y hostilidad) (Patrick et al., 2009; Burghart & Mier, 2022; Duarte et al., 2023).
Asimismo, la investigación distingue entre la psicopatía primaria (de origen predominantemente genético/biológico, caracterizada por estabilidad emocional, baja ansiedad, frialdad afectiva severa y baja reactividad fisiológica) y la psicopatía secundaria (vinculada a factores ambientales como trauma o maltrato temprano, acompañada de elevada ansiedad, impulsividad y desregulación emocional) (Burghart & Mier, 2022; Maguire et al., 2024; Penagos-Corzo et al., 2024).
A nivel socioemocional, el perfil de la psicopatía es exactamente inverso al del TEA: presenta un déficit profundo y selectivo en la empatía afectiva (incapacidad para sentir vicariamente el sufrimiento ajeno y marcada hipoactivación de la amígdala ante señales de angustia o miedo), mientras que mantiene intacta o incluso optimizada la empatía cognitiva y la Teoría de la Mente (Blair, 2005, 2008; Burghart & Mier, 2022; Duarte et al., 2023). Esta preservación del entendimiento intelectual de los estados mentales de los demás, combinada con la ausencia de resonancia afectiva, proporciona al individuo psicopático la capacidad de manipular deliberadamente a otros en beneficio propio sin experimentar restricción moral (Blair, 2005, 2008; Maguire et al., 2024; Murphy et al., 2024).
Rasgos de Insensibilidad e Hipoemocionalidad
Los rasgos de insensibilidad e hipoemocionalidad (lo que en la literatura denominan Callous-Unemotional, CU) constituyen una constelación del desarrollo caracterizada por un patrón persistente de baja empatía, falta de culpa o remordimiento, afecto plano o superficial, despreocupación por el rendimiento personal e insensibilidad ante el malestar de los demás (Frick & Hare, 2001; Frick & White, 2008; Maguire et al., 2024; Tkalcec et al., 2023). En niños y adolescentes no se diagnostica psicopatía formalmente; en su lugar, los rasgos CU se reconocen como el precursor evolutivo directo de la psicopatía adulta (Frick & Kemp, 2021; Hyde & Dotterer, 2022; Tkalcec et al., 2023).
En el DSM-5, los rasgos CU han sido incorporados como un especificador clínico para el Trastorno de la Conducta (TC) bajo la denominación de «con emociones prosociales limitadas» (APA, 2013; Tkalcec et al., 2023). Los jóvenes con Trastorno de la Conducta que presentan elevados rasgos CU exhiben un perfil de agresión proactiva e instrumental más severo, violento y resistente a las intervenciones tradicionales (Fontaine et al., 2011; Frick & Kemp, 2021; Tkalcec et al., 2023).
Además de su función en los trastornos de conducta, la evidencia reciente destaca la naturaleza transdiagnóstica de los rasgos CU (Tkalcec et al., 2023). Entre un 20% y un 50% de los niños y jóvenes con Trastorno del Espectro Autista presentan niveles elevados de rasgos CU, una proporción significativamente superior a la observada en la población general (~5%) (Carter Leno et al., 2015, 2021; Carter Leno et al., 2021). A nivel neurobiológico, la presencia de rasgos CU —tanto en población neurotípica como en personas con TEA o trastorno de conducta— se asocia de forma consistente con alteraciones estructurales en el sistema socioafectivo, específicamente con reducciones en el volumen de sustancia gris en la corteza cingulada anterior (ACC), la corteza prefrontal ventromedial (vmPFC), el precúneo y la amígdala (Tkalcec et al., 2023). El perfil cognitivo-emocional de los rasgos CU incluye atipicidades en la fijación visual hacia la región ocular de los rostros, fallos específicos en el reconocimiento de expresiones de miedo y tristeza, y un déficit primario en la tristeza empática, conservando habilidades normativas para tareas cognitivas puras de Teoría de la Mente (Carter Leno et al., 2023; Pijper et al., 2016; Carter Leno, 2021).
Conclusiones Neuroex
Sabemos que vincular psicopatía y TEA en un mismo hilo puede resultar polémico. Nuestro objetivo no es generar controversia, sino abordar una realidad presente en nuestro día a día. La evidencia científica es clara, por lo que iremos delimitando, dentro de una estructura coherente, aquellos temas que actualmente pueden resultar complejos (como el de las altas capacidades) para, finalmente, ofrecer nuestro criterio sobre todo ello. Aclaramos que ofrecer un criterio clínico no implica emitir valoraciones subjetivas sobre el contenido.
Referencias Bibliográficas
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